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16.4.12

LA MILICIA NACIONAL (segunda parte)

LA MILICIA NACIONAL (segunda parte)

La Milicia Nacional fue una policía militarizada, cuya instrucción a sus componentes era impartida por oficiales del ejército. En su régimen interno, las conductas de sus integrantes se hallaban sujetas a las ordenanzas y los códigos militares. Igualmente, las relaciones de los civiles con ella también se hallaban sometidas al fuero castrense. En contraste a su naturaleza militar, llama la atención que la Milicia no era un cuerpo profesional y los mandos que la integraban era elegidos mediante votación por los propios milicianos.

En sus comienzos la Milicia tuvo una acentuada personalidad local y dependía de cada Ayuntamiento. Sin embargo, con el tiempo el Gobierno de la nación fué unificando las distintas fuerzas que la componían, haciendo que el Jefe Político de la provincia ejerciera un papel de supervisión de sus actividades. Con ello se consiguió centralizar bastante la Milicia Nacional, dándole un aire parecido al de un cuerpo de policía estatal.


La característica más sobresaliente de la Milicia Nacional resultó ser su directa utilización política, que marcará de un modo constante y permanente toda su existencia. En opinión de Caamaño Bournacell en su "Historia de la policía española", existía una clara identificación de sus componentes con el liberalismo más acentuado, el cual logró sobrevivir en momentos difíciles gracias al apoyo proporcionado por los milicianos. Desde el primer momento en el que se concibió el proyecto de su creación estuvo condicionada por esa importante influencia, conclusión que parece obvia al pretender su propio fundador, José I, emplearlas para apoyar el proceso revolucionario. Concuerda con ello el espíritu popular que siempre la envolvió, pese a su militarización, especialmente expresado en el sistema por votación para el nombramiento de sus mandos. Tal implicación política identificó a la Milicia dentro del mundo liberal, siendo usada por los liberales españoles en sus luchas contra los conservadores. Así llegó a cambiar su nombre en Noviembre de 1868 por el de los de Voluntarios de la Libertad y, después por el de Guardias de la Libertad. Todo ello se tradujo en la implantación o supresión del cuerpo en función de quién tuviera el poder, y fruto de estos vaivenes políticos, la Milicia fué disuelta y desarmada varias veces a lo largo de su vida, como por ejemplo en 1820, 1844 y 1856, antes de su desaparición definitiva.

La vida de éste cuerpo quizá sirva para ilustrar cómo una excesiva voluntad política puede llegar a estrangular un diseño policial, hasta el extremo de ser, probablemente, la principal causa de su desaparición. Esta lección de la Historia debiera ser tenida en cuenta por muchos de nuestros actuales gobernantes y por la clase política en general.

La Milicia Nacional dejó de existir oficialmente en 1874 por decisión del entonces Presidente del Gobierno, el conservador Cánovas del Castillo. No obstante, ya desde 1843 empezó una imparable decadencia, que se iba haciendo más profunda a medida que la Guardia Civil se consolidaba como una alternativa policial segura y eficaz.

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